Cementerio de Casetas

Regida por una Junta Vecinal, esta población cercana a Zaragoza posee otro de los cementerios de los que merece dar cuenta en nuestra visita virtual. Para empezar, hay que decir que Casetas no es como Alfocea o como otros pequeños barrios rurales, sino que da cabida a unas 7.000 personas.
Cementerio de Casetas
Sin embargo, la historia nos dice que en 1845 Casetas solo tenía 110 residentes. Es Pascual Madoz (1806-1870) el geógrafo y político que nos da cuenta de muchos datos de interés.

Entre otros, del cambio que supuso para la localidad la llegada del ferrocarril. En cuanto al cementerio de aquella época y como urbanista además de geógrafo, afirma que se halla en un espacio ventilado. Este comentario ya nos indica acerca de las medidas que se estaban empezando a tomar para la higienización de los cementerios, pueblos y ciudades.

Durante el siglo XIX se tomaron importantes medidas a nivel nacional para mover los camposantos desde las parroquias o iglesias hasta zonas del extrarradio, especialmente aquellas que estuvieran en zonas elevadas y favorecidas por el cierzo en el caso de Zaragoza.

Sin embargo, con el discurrir de los años el primer camposanto de Casetas fue deteriorándose, incluso se perdió en algunas áreas la ventaja de la ventilación, dada la construcción irregular y poco ordenada. Pasaron muchos años y la dejadez se extendió por el camposanto, excepto por parte de los vecinos y las autoridades que, a título individual, pretendían adecentarlo en la medida de sus posibilidades. Pasaron muchos años, como decíamos, hasta que el famoso arquitecto Ricardo Magadalena fuera el encargado de presentar el primer proyecto de ampliación.

Tras faltas de acuerdo por parte de las administraciones y las autoridades eclesiásticas, el proyecto se paralizó y otra vez regresaron las protestas de los vecinos y de todas aquellas personas que deseaban la recuperación del cementerio de su población. Tras múltiples obstáculos, por fin otro plan de Magdalena ve la luz.

Es el 30 de septiembre de 1898 cuando el Ayuntamiento de Zaragoza aprueba la construcción del nuevo cementerio. Las planificaciones realizadas por Magdalena y sus colaboradores dan un plazo de 20 años de cabida para los cuerpos, con posibilidades de posteriores ampliaciones.

Hay que recordar que la llegada del ferrocarril cambió radical pero progresivamente la vida de esta, antiguamente, pequeña localidad. El arquitecto mandó construir el cementerio conforme a unas directrices muy claras: zonas delimitadas para finados católicos no confesionales, otra para el depósito de cadáveres, un osario… La ubicación estaba a más de 600 metros de la edificación poblada más cercana, otra consideración que empezaba a tenerse muy en cuenta.

En estas importantes obras también colaboró el ayuntamiento del barrio, así como numerosos vecinos y autoridades, entre ellas el entonces alcalde, Clemente Alonso. Las obras y el terreno serían propiedad del municipio, lo que redundó en ciertas responsabilidades por parte de los parroquianos y residentes más o menos frecuentes.

Habiéndose elegido ya el lugar apropiado para su definitiva ubicación, el cementerio empieza a dar sus servicios en el año 1900, a petición de párroco Vicente Muños. Así pues, las primeras inhumaciones en el nuevo cementerio de Casetas coincidieron con la llegada del siglo XX.

El Libro de Enterramientos del camposanto es recompuesto y desde el 27 de marzo de 1900, comienzan las primeras inhumaciones. Entre las condiciones que rige la administración del cementerio, destaca que el terreno cedido por el ayuntamiento no podrá ser utilizado para otros fines, produciéndose también una regulación de las tarifas respecto a los posibles cambios futuros. Estas tarifas, por cierto, tenían la finalidad de cubrir los gastos de la remuneración de un fosero o enterrador, además de gastos habituales de mantenimiento.

A pesar de estar ya funcionando y reordenándose a cada año, el viejo cementerio aún no se había abandonado. En el verano de 1914 se procedió, por fin, a la exhumación de los restos allí depositados para su traslado al camposanto diseñado por el arquitecto Magdalena.

Los planes de construcción de cementerios debían tener un factor importante en la ecuación: los futuros planes de expansión. Por muy hermoso y bien cuidado que estuviera un cementerio, si no había espacio por donde poder ampliar malo sería el plan. Todo camposanto bien “equipado” ha de tener opciones para futuras ampliaciones.

Casetas fue creciendo y, ya en 1934, la población era demasiada, por lo que tuvo que darse paso a la remodelación estructural del recinto. En este caso le correspondió al arquitecto Marcelo Carqué la planificación y control del desarrollo de las obras, que dieron como resultado 34 metros de ampliación sin necesidad de modificar dimensionalmente la fachada principal.

A día de hoy, el cementerio de Casetas tiene unas dimensiones de 5.283 m2. Su planta es cuadrada aunque hacia el Camino del Molino del Rey se modula brevemente para convertirse en trapezoidal.

El interior se constituye por cuatro cuadros. Los espacios están interconectados por andadores perpendiculares. Los cuadros de tumbas están ordenados y en relativo buen estado, así como la mayor parte de las manzanas de niños.

El arte funerario y el estado de los materiales es importante desde dos puntos de vista: para el patrimonio artístico de las localidades y para, lo que es más importante, la comodidad que deben sentir las familias de los seres queridos enterrados. No solamente en el día de Todos los Santos; durante todo el año un cementerio, en este caso el camposanto de Casetas, ha de estar libre de cualquier tipo de deterioro. Algo con lo que hay que contar es con la degradación causada por los fenómenos atmosféricos.

Los especialistas en productos funerarios aconsejan sobre la fiabilidad y, sobre todo, resistencia y durabilidad de los materiales con que se construyen panteones, lápidas, losas, columbarios…

Se trate de cruces, de esculturas, de detalles ornamentales, el orden y la limpieza proporcionará una mejora de las condiciones de uno de los lugares más importantes de toda localidad.

A este efecto, se han implementado sistemas para conseguir que las tumbas y nichos duren más, así como detalles tan importantes como las inscripciones.

Es positivo que en un cementerio, puedan leerse hasta los nombres más antiguos inscritos. Pero ni siquiera permanecen los que han sido esculpidos hace pocos años bajo técnicas pobres, en materiales erosionables o mediante letras de metal adosadas.

Respecto a esta última cuestión, tanto para el cementerio de Casetas como para otros de Zaragoza, han de proponerse soluciones de última generación, como la inscripción láser de enorme resistencia a la erosión y las agresiones intencionadas. Lo importante de todo profesional dedicado al sector funerario, es que los finados reposen en lugares y bajo materiales idóneos para ser visitados durante muchas generaciones.

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